Leopoldo da imagen de hombre tranquilo, sosegado, prudente, pero cuando Cristina toma la palabra siempre hay como un brillo de crispación en su rostro que a veces, como ayer, termina por verbalizar en una muestra de rabia incontenida y agresividad. Está claro que no se soportan, que saltan chispas a la menor ocasión porque entre ellos no hay más afinidad que la cortesía protocolaria inicial que ha de suponerse como representantes públicos. Lo que ocurre es que a Leo se le nota más porque solo parece tener ese frente mientras que, en tanto, Cristina suele mantener esa tensión con otros miembros del equipo de gobierno.
Ayer el alcalde no midió, y eso que debía estar preparado para la circunstancia pues era sabido que Cristina no iba a dejar escapar la pieza, bien como ruego o como pregunta, del tema del acta desaparecida y luego aparecida, y que se iba a recrear en la exposición. No midió porque se trataba de ella, porque le subleva el tono, y debía, a mi juicio, haber dejado soltar la retahíla, aguantarse y aprovechar su turno para contestar a todo lo expuesto por la portavoz socialista. Pero al interrumpirla, al perder los nervios, multiplicó el efecto de lo dicho, centró el objetivo en ese ruego como si de verdad le hubiera tocado en el flanco y hasta convirtió a Cristina en víctima de su carácter.
Y es verdad que luego se disculpó, que es de agradecer que, al menos, fuera consciente de que se había excedido, pero siendo Leopoldo un hombre tranquilo, sosegado, prudente, ha de intentar no dejar de serlo por mucho que el cuerpo le pida otra cosa, porque no le hace ningún favor y creo que distorsiona la imagen de una persona como él, buena gente, pues así es mi sensación cada vez que he tenido ocasión de tratarle.
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