Thursday, November 7, 2013

DELIRIOS DE GRANDEZA (Página nº 2203)

Se mire por donde se mire Daimiel vivió ciertos delirios de grandeza en las dos últimas décadas. Y no es que no hubiera infraestructuras necesarias, que se supieron acometer, pero, desde la perspectiva actual, también es cierto que se abordaron algunas otras que o no eran necesarias o no eran imprescindibles, y todo ello asumiendo un coste económico que no quiso tenerse en cuenta pero que era necesario tener muy presente para que no sucediera lo que al final ocurrió. Y es que la deuda nos come.

En estos años Daimiel ha multiplicado su suelo urbanizable, sus nuevas zonas urbanizadas, sus viales y aceras, sus luminarias y conducciones eléctricas y de agua, su alcantarillado y los puntos de recogida de residuos, sus señalizaciones y sus zonas verdes y de recreo. Comparamos dos planos entre 1990 y 2010 y nuestra localidad ha incrementado su extensión urbana de manera increíble.

¿Pero hemos crecido más allá que espacialmente? ¿Daimiel ha traducido ese aumento perimetral urbano tan notorio en un incremento de población proporcional? Es evidente que no, que apenas se ha aumentado en un 10 por ciento y que lo que se ha conseguido es desplazar a los daimieleños hacia las zonas de nueva construcción y conseguir que muchas viviendas antiguas queden vacías. Y aunque cada cual puede vivir donde le dé la gana, por supuesto, la traducción real es que casi las mismas personas están pagando con sus impuestos los servicios que han de darse, en justicia, a un pueblo con muchas, muchísimas, más calles, farolas, parques, puntos de recogida, mobiliario urbano, etc... y que dar esos servicios cuando se aumenta el número de viales sale mucho más caro si no va acompañado de un incremento proporcional de población que los financie.

Cuando uno se hace una casa seguramente le gustaría que tuviese una cochera amplia, una cocina campera, una piscina y un espacio de césped, un gimnasio, una pequeña bodega, habitaciones amplias y variadas para ellos y para recibir invitados, un salón de juegos y todo aquello que pueda permitir la imaginación para tener la casa soñada. Pero, en general, uno termina construyendo la casa que puede pagarse, financiada o no, y termina ajustando el proyecto a sus necesidades reales y su disponibilidad económica presente y futura porque luego hay que pagar la luz, el agua, la calefacción, la salida de vehículos, la contribución urbana y todo el montante restante para su mantenimiento y conservación, lo que hace que por el camino se quiten dormitorios, cuartos de baño, gimnasios o salas de juegos, por ejemplo. Pues bien, los delirios de grandeza han hecho de Daimiel una casona bien dotada, o sobredotada, que malamente se puede ir pagando porque no se fue ajustando a su realidad y ahora tiene que optar por despedir a parte del servicio, cerrar habitaciones, dedicar buena parte de los ingresos a pagar la costosísima hipoteca y a dejar que poco a poco la gran vivienda vaya perdiendo esplendor.

Quizá cuando un concejal auguraba, al hilo de la aprobación del nuevo plan urbanístico municipal, que Daimiel llegaría a los treinta mil habitantes en apenas década y media estaba echando sus cuentas más o menos meditadas. A muchos, ya cuando lo dijo, nos parecieron las cuentas de la lechera, incluso bastante antes de ver la leche derramada y el cántaro quebrado sobre el suelo.

Y es que nos perdieron los delirios de grandeza.

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