La LOMCE va a durar lo que dure el PP en el poder, que será poco o mucho según la voluntad de los votantes, pero que será modificada por otra en cuanto los desalojen de Moncloa. Y esa es la primera desgracia de una ley educativa, que esté expuesta a la transitoriedad porque depende exclusivamente de una mayoría absoluta que ni ha buscado acuerdos ni consensos ni entendimiento marcada por una intencionalidad ideológica desde el primer suspiro.
Ninguna ley es totalmente mala pues de todas ellas pueden extraerse elementos aceptables, aciertos puntuales y buena intención pero los errores de bulto, la predeterminación política del concepto y las prisas suelen arruinar cada una de esas leyes y no dejar que se aprecie lo poco bueno que encerraban. Y la LOMCE es el paradigma de todo ello.
Ni siquiera veremos los resultados de la nueva ley porque nace sin recorrido, interina, despreciada por casi todo el mundo menos la Iglesia y el PP, y sólo la mayoría absoluta de los populares, algo que no se vislumbra que dure mucho, alcanzará para ver el enésimo desastre en que se convierte por la cortedad de miras de políticos que todo lo que tocan lo hunden: educación, sanidad, investigación, cajas de ahorro, medio ambiente, justicia, y que son los verdaderos depredadores de la democracia actual.
En pocos años nos venderán otras siglas, otro nombre para una ley nueva, que dejará de lado los verdaderos intereses de la educación, que se teñirá nuevamente de ideología, de intencionalidad política, de mierda partidista venga de la izquierda, de la derecha, del centro o de donde sea, y que nos hará continuar en esta espiral disparatada de la que casi todos somos culpables y víctimas a la vez mientras los partidos políticos continúan en su guerra de guerrillas estéril si no perniciosa y dañina.
Llevo trabajando desde el 1986 y he conocido ya un disparate de leyes y reformas que terminan no mejorando nada, a veces empeorando lo existente, y voy a jubilarme en quince o veinte años conociendo otras tantas más con los mismos efectos reales. No es que haya perdido la esperanza de que se hagan bien las cosas, es que no doy ningún crédito a las intenciones políticas que las promueven y que quieren hacer de la educación un instrumento de sus intereses, y así no hay posibilidad de una ley seria, que afronte los verdaderos problemas de la educación para resolverlos sin sombra de ideologías, complejos e histerias políticas.
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