Juan Carlos I está en esa disyuntiva de quedarse para recuperar el respaldo social que no hace mucho tenía la Corona o irse antes de que le pidan que se marche de una vez, y parece que ha optado claramente por lo primero. Que conste, ante todo, que más que la preferencia por una tipología de regímenes a mí lo que me interesa es que funcionen bien dentro de los parámetros que han de exigirse a cualquier democracia y por tanto tener una república o una monarquía no es el elemento prioritario de mi forma de pensar porque no creo que por sí mismas supongan garantía mayor, una sobre otra, de lo que yo entiendo por una democracia aceptable. Los regímenes democráticos los hacen las personas y no los enunciados, y el percal ahora es casi el mismo. Por lo tanto no me metan en ese juego de elegir entre monarquía parlamentaria o república parlamentaria porque la etiqueta no soluciona nada.
El caso es que Juan Carlos I, que hasta hace nada parecía tener el favor de una buena parte de los españoles y acaso la indiferencia del resto, siendo los menos quienes le discutían, en los últimos meses ha comenzado a sentir la deserción de parte los simpatizantes y a notar como los antes indiferentes se iban sumando a la discusión de su figura. El prestigio de la Corona se ha ido diluyendo como han aumentado las críticas y los silbidos, y en el tablero público su intocabilidad ya no es asumida por muchos.
Ahora hay quienes plantean la abdicación, el relevo, o incluso el cambio de régimen. Y el Rey ha decidido que está capacitado para recobrar el pulso y devolver a la Corona su pasado prestigio. Por lo tanto no va a abdicar de su cargo. Pero a mí me parece que, sin entrar en su debería abdicar o no, no está ya capacitado para recuperar el prestigio perdido ni, de lejos, conseguirá los porcentajes de popularidad que casi siempre tuvo. Y si el objetivo de no abdicar es exclusivamente ese doy el tiempo y el esfuerzo por perdido.
No creo, eso sí, que la monarquía esté, en estos momentos, en riesgo. Pero carece de todo el peso que pudo tener en otro instante de nuestro pasado reciente, está falta de vigor y parece irse consumiendo lentamente en su debilidad hasta que sea casi irrelevante, quizá lo peor que pudiera ocurrirle.
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