Le he dado muchas vueltas, manejado varias hipótesis, y creo que lo que determina que las respuestas sociales, los movimientos de protesta y las contestaciones ciudadanas no prosperen es, básicamente, el componente egoísta. Nos movemos cuando nos afecta muy directamente, cuando nos toca específicamente a nosotros, pero nos quedamos al margen en cuanto nos consideramos afectados transversalmente o cuando pensamos que ni nos afecta. Desdeñamos el componente solidario, la visión global, el sentido de pertenencia colectivo que debería involucrarnos en las problemáticas generales.
¡Ojo!, no estoy hablando exclusivamente de echarse a la calle, sino de articular maneras sociales de enfrentarse a decisiones que consideramos injustas. Ignoramos que, como sociedad, somos un grupo de poder impresionante porque siempre lo hemos diluido en el egoísmo, y si ahora hay mayor actividad social es solo porque son mucho más los ciudadanos afectados particularmente pero no por un concepto de solidaridad real. Y eso es lo que nos debilita.
Partiendo desde lo más inmediato, tal como se reflejaba en algunos comentarios, cuando se suprimen profesores, médicos, servicios públicos, el movimiento discrepante suele ser el específico de los afectados y no todos. Olvidamos que eso va en perjuicio de todos porque nos ata ese criterio egoísta. Pero, de la misma forma, y no solo en el ámbito público, cuando se produce un ERE en una gran empresa local quienes se movilizan son los trabajadores afectados y sus familias olvidando que la repercusión económica de un ERE lo pagamos todos y afectará sin duda a la economía global de esa localidad. Y sin embargo contemplamos eso que sucede como ajeno, como si no fuera con nosotros.
Llevo varios años notándolo, son muchos los que se manifiestan discrepantes contra decisiones políticas sobre recortes, aumentos de jornadas laborales, de la edad de jubilación, de, en general, todo eso que tiene una repercusión general pero que no nos afecta por igual. Se discrepa abiertamente, prolifera la queja y el malestar, pero no tocando claramente a la situación y el bolsillo específico dejamos de percibir el problema como perentorio y nos quedamos al margen Y sin embargo esas mismas decisiones están afectando gravemente a sectores de población que merecerían nuestro esfuerzo movilizador y solidario.
Sinceramente, la visión ombliguera y egoísta nos lastra socialmente, y es más, por eso mismo, el peso de las decisiones nos afectan finalmente a pesar de que queramos pensar que no es así. La fuerza social, que no es la de la calle ni la de las manifestaciones únicamente, a fuerza colectiva que explota mecanismos de hacerse sentir no tan notorios pero que podrían ser eficaces, se pierde por una falta de compromiso solidario de respuesta ante situaciones y decisiones verdaderamente injustas que no terminamos por respaldar. Y en ello llevamos la penitencia.
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