Vamos de escándalo en escándalo. Todo lo que suena a Bárcenas , financiación de partidos, ITVs, EREs, etc, etc... huele mal aunque la verdad quede medio escondida entre el ruido y los intereses ocultos, pero nadie se puede creer que todos estos escándalos estén montados sobre la nada y eso es lo verdaderamente preocupante.
El problema es que cualquier modo de resolución pasa por los propios implicados y así es imposible. El poder se está utilizando para obstaculizar, demorar, tratar de diluir, porque en el fondo los partidos saben que así han salido no muy mal librados otras veces y nadie como ellos para utilizar los resortes políticos que relativicen el impacto.
La gente de la calle, la normal, está harta, la desconfianza ya ha calado hasta convencerles de que no hay remedio, de que son todos iguales, y esa es la gran derrota de la democracia porque ya no salva ni a los que lo merecen y traza una raya de decepción sobre la totalidad.
Hoy dice el ministro Margallo que también hay casos de corrupción en países vecinos que afectan a presidentes y ministros, como si eso fuera a aliviar a los ciudadanos o minimizase la gravedad. Lo cierto es que es muy difícil pedirle confianza a los españoles, pedirles sacrificios, esfuerzos, si dos de cada tres minutos nos ocupan escándalos que surgen donde está el dinero público, ya sea a nivel local, provincial, regional o nacional, y sin que casi ningún grupo político escape a este mal uso de dinero público o a asuntos relacionados con la ventaja de tener la capacidad de decisión para que otros se beneficien privilegiadamente.
Aquí ya no importa quienes sean en cada momento sino la degradación de los políticos, de los partidos, del sistema, porque quienes tienen en sus manos legislar, vigilar, controlar y hacer cumplir la ley son los marcados por los escándalos y eso les inhabilita para limpiar la porquería, para regenerar esta democracia decepcionante.
Pero además de modificar las leyes para erradicar la corrupción, aunque ya me conformaría con poder convertirla en residual visto que la corrupción cero parece imposible, existen mecanismos propios como no permitir condenados por corrupción en las listas, hacer firmar a los que van en ellas un compromiso legal de dimitir cuando sean imputados, desarrollar sistemas de control eficaces dentro de los partidos. Y luego, claro, legislar para devolver la independencia a los órganos de control y los tribunales. Pero nada de eso están dispuestos a hacer, ni lo han abordado en casi cuarenta años de democracia ni se les ve intención, por más que se saquen leyes de transparencia, declaraciones de bienes y toda esa parafernalia de trampantojo que ya no engaña a nadie.
En España hay corrupción porque hay corruptos, muchos, pero también porque se da ese otro tipo de corrupción vinculada que es la de aquellos que prefieren ver, oír y callar; aquellos que no cumplen con su obligación fiscalizadora; aquellos que ayudan a confundir, tapar, esconder; aquellos que le dan carpetazo limitándose a decir el evasivo no me consta para salvar su propio culo; aquellos cuyo único papel contra la corrupción es obrar para que no les salpique. Y la suma son legión, muchos más que los verdaderos corruptos, tantos que así es imposible sacar adelante nada bueno de esta caterva.
Hace falta una regeneración política y democrática, por supuesto, pero esto nunca será posible de la mano de los que ya están.
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