La escalada del lenguaje tiene estas cosas, se terminan diciendo disparates en ese intento de exagerar la realidad con la grandilocuencia típica de los políticos. E igual que se trata de quitar valor a los hechos, minimizando la realidad, como en esas otras declaraciones desafortunadas de Cospedal sobre Bárcenas, cuando de lo que se trata es de cargar las tintas comete la imprudencia de la exageración y la desmesura. Buscan titulares y los consiguen, pero también cargan con un mayor descrédito cuando la gente comprueba que entre lo declarado y lo real existe una distancia marcada por la desproporción y el disparate, porque sin estar de acuerdo con los escraches, como ya he repetido, me es imposible ver en esa personas que los protagonizan nada que me recuerde al nazismo que, no lo olvidemos, surgió del poder contra las personas y no al revés.
Estas palabras gruesas, cuando carecen de fundamento, suelen volverse contra quienes las dicen porque soliviantan, irritan, indignan, ya que no se compadecen con la realidad y sólo buscan una criminalización de un modelo de protesta que puede gustar o no pero nada tienen que ver, como le han recordado desde muchas tribunas, con lo que supuso el nazismo. Lo que ocurre es que los políticos, como le pasó a Cospedal, ya solamente hablan para los suyos, dicen estas patochadas a sus acérrimos que, es obvio, no se las afearán porque son foros acríticos, entregados, condescendientes. Incluso serán vitoreadas, ayudando a que quien las dice las crea acertadas. Lo que ocurre es que, al ser recogidas por los medios para darles toda la difusión de que gustan los partidos, se rompe ese efecto porque ya quienes las escuchan no son los palmeros propios y, con mayor o menor carga crítica, quedan expuestas a la opinión pública que, en gran proporción, las encuentra desproporcionadas, descabelladas e inaceptables.
Es evidente que los políticos utilizan el lenguaje mal, pero también lo hacen para dividir, crispar, o como en este caso, adoptar un papel victimista que no les corresponde cuando, en todo caso, no hay mayores víctimas, en número y efecto, que los de las decisiones políticas de cada momento, y que en muchas ocasiones tienen efectos bastante más devastadores que un escrache.
Por eso, a veces, conviene quedarse con la parodia, el chiste facilón, la sátira, ante estos excesos verbales. La mejor manera de no tomarlo demasiado en serio es optar por tomarlo verdaderamente a broma. Por eso dejo este vídeo del programa "Polonia" sobre lo que es nazismo:
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